José Sebastían Sánchez-Tlatelpa
Resumen

La salud pública en México enfrenta retos crecientes, como la resistencia antimicrobiana y las reacciones adversas a los medicamentos. Uno de los factores poco visibilizados que contribuyen a su desarrollo es la limitada integración del farmacéutico en el sistema de salud y su desarticulación respecto del médico tratante. A lo largo de este artículo se expondrán algunas de las barreras que limitan la labor del farmacéutico.

Aunque su reconocimiento legal se produjo apenas en 2019, existen 15 denominaciones distintas para el mismo profesional, lo que fragmenta la identidad del gremio. Además, la formación académica sigue centrada en la industria y la investigación, dejando en segundo plano la atención clínica. De los 55 programas de farmacia existentes en 2017, solo tres cumplían con los estándares internacionales de la Federación Internacional Farmacéutica (FIP), organismo de referencia del gremio.

Esta carencia repercute en los hospitales, donde la ausencia de farmacéuticos clínicos impide revisar tratamientos, detectar errores de medicación o prevenir interacciones, funciones esenciales para mejorar la seguridad del paciente. En contraste, países como Brasil, Estados Unidos o Canadá han logrado integrar con éxito a estos profesionales en los equipos sanitarios. Avanzar en México requiere homologar la formación académica, ampliar sus atribuciones legales y sensibilizar a la sociedad sobre su papel en la atención clínica, con el fin de fortalecer la seguridad y la efectividad de los tratamientos.


Palabras clave: Farmacéutico, Farmacéutico clínico, Atención farmacéutica, Salud Pública, Sistema Nacional de Salud

En México, la figura del farmacéutico sigue siendo una de las más invisibilizadas en el sistema de salud. A pesar de ser los expertos en medicamentos, su desarrollo profesional continúa marcado por una profunda fragmentación académica y legal. La existencia de múltiples denominaciones, la escasez de programas de formación alineados con los estándares internacionales y la falta de reconocimiento normativo de sus competencias clínicas han impedido que los farmacéuticos desempeñen un papel activo en la atención directa al paciente. Esta situación no solo limita su potencial como garantes del uso seguro y racional de los medicamentos, sino que también contribuye a problemas de salud pública, como los errores de medicación, la baja adherencia terapéutica y la resistencia antimicrobiana, lo cual contrasta con modelos exitosos de Farmacia Clínica adoptados en naciones líderes a nivel global.

Estas carencias en la integración del farmacéutico dentro del Sistema Nacional de Salud tienen un impacto directo en la salud de la población, pues muchos de los desafíos que enfrenta hoy la salud pública, entre ellos la resistencia a los antimicrobianos (declarado como uno de los 10 problemas prioritarios para la salud pública por la OMS en 2019) (1), las reacciones adversas a medicamentos —definidas como toda reacción no deseada de un medicamento—y la saturación de los servicios sanitarios. Todos ellos están estrechamente relacionados con el desconocimiento y la subutilización del farmacéutico como profesional de la salud.


Una profesión fragmentada y desarticulada

El reconocimiento formal de los farmacéuticos en la Ley General de Salud ocurrió apenas en 2019, lo que evidencia un rezago histórico en su integración en los equipos sanitarios. México presenta un escenario particular: existen hasta 14 denominaciones diferentes para referirse al profesional farmacéutico (entre ellas QFB, QFP, Químico Farmacéutico Industrial, Licenciado en Farmacia, entre otras), lo que ha obstaculizado la construcción de una identidad clara y unificada frente al resto del sistema de salud (2).

La escasez de programas de formación es otro aspecto crítico. Para 2017, únicamente 55 universidades en México ofrecían la carrera de Farmacia, frente a una población de 112.2 millones de habitantes, lo que arroja un índice Universidad/Farmacia (UF) de 2.04 (una universidad con carrera de Farmacia por cada 2.04 millones de habitantes). En contraste, Brasil contaba con 467 universidades para 193 millones de habitantes, con un índice UF de 0.41, mucho más favorable. (2) Esta diferencia refleja la falta de profesionales farmacéuticos en nuestro país; sin embargo, existe otro problema aún mayor: la desconexión respecto de los estándares internacionales de “buenas prácticas de educación farmacéutica” promovidos por la Federación Internacional Farmacéutica (FIP).

La mayoría de los programas de farmacia en México están enfocados en la investigación, el control de calidad o la industria farmacéutica, mientras que la preparación para servicios clínicos y de atención farmacéutica es escasa. De hecho, solo tres programas de los 55 existentes cumplen con los lineamientos de la FIP (2), que incorporan en este rubro la formación del profesional farmacéutico, lo que deja a la gran mayoría de los egresados sin competencias sólidas para brindar servicios clínicos en hospitales o en comunidades.

“Los programas educativos básicos (licenciatura) deberían proporcionar a estudiantes de farmacia y licenciados una base firme y equilibrada sobre las ciencias naturales, farmacéuticas y sanitarias que les proporcionen los fundamentos esenciales para la práctica de la farmacia en un medio multiprofesional proporcionador de cuidados sanitarios… Los programas educativos deberían asegurar que la atención farmacéutica enfocada al paciente, tal como se perfiló en el manifiesto de la FIP “Atención Farmacéutica” (La Haya 1998) sea parte obligatoria del programa de estudios” (3). Esto requiere modificar la percepción de la atención farmacéutica que debe estar centrada en el paciente acompañando, orientando, detectando problemas relacionados con los tratamientos y promoviendo el uso seguro y racional de los medicamentos, como parte obligatoria de la formación, para lograr que el farmacéutico pase de estar centrado en el medicamento a ser un farmacéutico preocupado por la persona y su bienestar.

La atención farmacéutica —entendida como la provisión responsable de la farmacoterapia, para lograr resultados que mejoren la calidad de vida de los pacientes, mediante la colaboración farmacéutico-paciente y la coordinación con otros profesionales de la salud— se mantiene como una práctica marginal en México, a diferencia de lo que ocurre en países con sistemas más integrados (4). En otros países, como España, Reino Unido o Canadá, el farmacéutico participa activamente en el seguimiento de pacientes con enfermedades crónicas —ajustando tratamientos bajo protocolos y realizando revisiones de medicación— mientras que en México estas prácticas siguen siendo excepcionales y dependen de iniciativas aisladas. De igual manera, en países con sistemas más integrados el farmacéutico forma parte de campañas de salud pública, vacunación y prevención, mientras que en México su rol suele limitarse a la dispensación, con escasa articulación formal con el resto del equipo de atención primaria.

El impacto de esta situación es profundo y poco visibilizado. La ausencia de farmacéuticos clínicos en establecimientos dedicados a la atención médica, como los hospitales y centros de salud, implica que no hay suficientes profesionales capacitados para realizar una revisión sistemática de los tratamientos. Esto se debe a que, durante la formación de médicos, enfermeras, odontólogos y otros profesionales de la salud con atribución legal para la prescripción de medicamentos, no se profundiza en las interacciones farmacológicas. Si bien es cierto que existen algunas guías de práctica clínica para interacciones medicamentosas, éstas, en su gran mayoría, están enfocadas en pacientes geriátricos, dejando fuera a otros sectores de la población. Se debe recalcar que estas guías de práctica clínica solo mencionan algunas de las reacciones más comunes (5). Esto impide, en la mayoría de los casos, detectar errores de medicación, ajustar dosis, prevenir interacciones fármaco-fármaco o fármaco-alimento y optimizar la adherencia terapéutica.

Las consecuencias pueden variar desde la ineficacia terapéutica en casos leves hasta complicaciones graves, como daño hepático o renal, e incluso la muerte. Un ejemplo muy tangible de la falta de farmacéuticos clínicos en el sistema de salud, es en la implementación de los Programas de Optimización de Antimicrobianos (PROA’s), ya que los profesionales farmacéuticos (en su mayoría con perfiles más enfocados hacia la química, por ser egresados de universidades que no están alineadas a la FIP) carecen de las herramientas para detectar errores en la medicación, especialmente en dosis, duración, vía de administración y el desescalamiento en el uso de antibióticos, además de que pocos hospitales cuentan con un equipo de planta exclusivo para su operación, lo que obliga a que estas tareas de atención farmacéutica recaigan en otros profesionales de la salud, como médicos tratantes y especialistas que ya enfrentan una sobrecarga considerable de pacientes(6).

Entre las principales áreas de mejora se encuentra la necesidad urgente de alinear los programas académicos de Farmacia con los estándares de la FIP, de modo que se formen profesionales capaces de responder a las necesidades del sistema de salud. Sin embargo, persisten barreras importantes. Una de ellas es la situación de los recursos humanos ya egresados de programas no alineados con la FIP: ¿cómo integrar a estos profesionales en los servicios clínicos sin desestimar su formación previa? Un avance destacable reciente, previo a la redacción de este artículo, es que la Asociación Farmacéutica Mexicana A.C. (AFM) es ahora miembro de la FIP, lo que seguramente contribuirá a visibilizar este problema en el gremio farmacéutico (7).

Si bien es cierto, el estar alineado a la FIP no garantiza que el profesional farmacéutico egresado pueda desempeñarse automáticamente como farmacéutico hospitalario/clínico, sí asegura que durante su formación haya tenido materias relacionadas con el tema, y al igual que con el profesional médico, aquellos profesionales farmacéuticos que deseen desarrollarse en el área hospitalaria deberán cursar un año de servicio social en hospital, con la finalidad de desarrollar e implementar el conocimiento de la farmacoterapia adquirido durante su formación.

En otros países, como España, la Farmacia Hospitalaria es una especialidad clínica que requiere un riguroso proceso formativo similar al de la residencia médica. Para acceder, el farmacéutico debe aprobar el examen FIR (Farmacéutico Interno Residente) y completar una residencia de cuatro años. Solo tras finalizar este periodo podrá ejercer como farmacéutico hospitalario (8).

Este sistema es análogo al que se aplica en México para la formación de médicos especialistas, en el que es indispensable aprobar el Examen Nacional para Aspirantes a Residencias Médicas (ENARM) y luego cursar la especialidad médica correspondiente.

Existe otra barrera importante, del área normativa, y es que los farmacéuticos en México están legalmente limitados a cumplir sus funciones, ya que a pesar de ser los expertos en medicamentos, estos no tienen la facultad de recetar tratamiento farmacológico, lo que los limita a solo emitir recomendaciones en cuanto al tratamiento farmacológico, actividad que suele producir resistencia por parte de los médicos al recibir las peticiones para modificar tratamientos, aun cuando se hayan identificado errores en la medicación. Para tener contexto, la legislación mexicana permite la prescripción de medicamentos por parte de profesionales médicos, homeópatas, dentistas, enfermeros e incluso parteras, como lo indica el artículo 28 del Reglamento de Insumos para la Salud, por lo que la pregunta para el lector sería: (9) ¿Por qué no se permite a los expertos en medicamentos la prescripción de estos mismos? La respuesta aquí puede ser ya un poco intuitiva, ya que no todos los profesionales farmacéuticos tienen las bases farmacológicas para hacerlo (por los problemas antes descritos). Sin embargo, esto repercute en el quehacer diario de los profesionales farmacéuticos hospitalarios (clínicos), quienes se ven limitados a emitir recomendaciones que pueden ser adoptadas o desechadas por quienes sí pueden prescribir medicamentos, aun cuando se hayan identificado errores en la medicación.

En países como Estados Unidos o Canadá, los farmacéuticos clínicos desempeñan un papel fundamental a través de servicios como el “Medication Therapy Review (MTR)” —Una práctica en donde toda prescripción en los hospitales debe ser revisada, analizada en búsqueda de interacciones no deseadas a los medicamentos, e incluso verificar que la dosis, el tiempo y la vía de administración sean las adecuadas para el paciente— , lo que demuestra que su integración efectiva en los equipos de salud es posible y altamente beneficiosa. (10)

Otros países, como Reino Unido, han sabido aprovechar estas cualidades de los farmacéuticos, desarrollando iniciativas como el “Pharmacy first”, un modelo que se basa en el servicio de consultas de primer nivel de enfermedades leves, o para aquellos pacientes que ya tienen un diagnóstico y únicamente requieren volver a surtir el medicamento siempre y cuando no hayan tenido alguna reacción a éstos. Lo más interesante aquí es que estas consultas son brindadas por un farmacéutico comunitario. Entre sus resultados más destacados está el descongestionamiento de las clínicas de primer nivel (algo muy necesario aquí en México), pues únicamente los pacientes con condiciones médicas más delicadas acceden a una atención con un médico (11).

En contraste, en México se tiene la idea de que quienes atienden en una farmacia son profesionales farmacéuticos, cuando la realidad es que la mayoría son personas sin formación especial (muchos de ellos con nivel de bachillerato), lo que reduce la seguridad en la dispensación y banaliza la figura del farmacéutico a la de la vendedor. Yo le pregunto al lector: ¿Alguna vez has ido a una farmacia y quien le atiende parece más un vendedor que un profesional de la salud? Esa sensación no es una simple percepción, sino el síntoma de un problema de salud pública de primer orden.

Superar esta situación requiere acciones concretas en distintos ámbitos. En el ámbito académico, la Secretaría de Educación Pública y las universidades deben trabajar en la homologación de los programas de Farmacia con los lineamientos de la FIP, asegurando que los egresados cuenten con competencias clínicas y no solo industriales o de investigación. Esta medida no solo incrementaría el número de farmacéuticos preparados para prestar servicios de atención, sino que también contribuiría a unificar las 14 denominaciones profesionales en un perfil claro y reconocido por el sistema de salud.

Desde la perspectiva de la política pública, es necesario ampliar progresivamente las atribuciones del farmacéutico clínico. Una vez cubierta la demanda de profesionales capacitados, la normativa debería permitir a los farmacéuticos reestructurar los tratamientos ante errores de medicación. Esta facultad no implica competir con los médicos, sino fortalecer el trabajo en equipo interdisciplinario, apoyando la seguridad y la efectividad de la farmacoterapia en pro de los pacientes.

A nivel hospitalario y comunitario, la incorporación sistemática de farmacéuticos clínicos en los Programas de Optimización de Antimicrobianos y en otras estrategias de optimización de medicamentos debe considerarse una prioridad. Contar con estos profesionales permitiría liberar carga de trabajo a los médicos, mejorar la adherencia a los protocolos internacionales y contribuir significativamente a reducir la resistencia antimicrobiana.

Finalmente, la ciudadanía y los pacientes también tienen un rol que desempeñar. La educación sobre la función del farmacéutico como profesional de la salud —y no únicamente como dispensador de medicamentos— resulta crucial para exigir su inclusión en la toma de decisiones clínicas y promover un uso más racional de los medicamentos.


Conclusión

Los problemas derivados de un uso inadecuado de los medicamentos constituyen una amenaza creciente para la salud pública en México. Estos incluyen desde fallos terapéuticos e interacciones adversas hasta la propagación de la resistencia bacteriana. En países como España, Estados Unidos o Canadá, los farmacéuticos clínicos desempeñan un papel fundamental mediante servicios como el Medication Therapy Review (MTR), lo que demuestra que su integración efectiva en los equipos de salud es posible y altamente beneficiosa.

México enfrenta el reto de transitar de un modelo centrado en la industria farmacéutica a otro que reconozca y fortalezca la figura del farmacéutico clínico como uno de los componentes del equipo que garantiza la seguridad y la efectividad de los tratamientos. Para lograrlo, se requieren esfuerzos coordinados entre la academia, el Estado, la comunidad profesional y la sociedad en su conjunto. Solo así será posible consolidar un sistema de salud que aproveche plenamente el potencial de todos sus actores y garantice una atención más segura, eficiente y centrada en el paciente.

“La salud pública no puede permitirse seguir subutilizando al farmacéutico: su plena integración es clave para salvar vidas y enfrentar los retos del mañana.”

Conflicto de intereses: Los autores declaran explícitamente que no presentan conflictos de intereses.